lunes, 23 de febrero de 2009

De Rodríguez Rossi

El problema de la identidad

Debido a que es un concepto especialmente frecuente (y muchas veces mistificado) en el campo de las ciencias sociales, me parece importante abordar la cuestión de la identidad.


Generalmente, el concepto metafísico de identidad es usado para despertar fantasías de unidad o canalizar una cierta necesidad de pertenencia a (o de similitud con) un grupo a expensas del desarrollo de una conciencia crítica. El concepto metafísico de identidad nacional es un buen ejemplo de ese uso: de pronto toda contradicción real como una roca desaparece y todos somos mágicamente un uno indivisible, donde toda individualidad y diferencia también se pierden. La historia de la humanidad está plagada de ejemplos donde la problemática interna de una sociedad determinada se "resuelve" culpando de todas las causas y repercusiones de esos problemas a algún factor o enemigo externo. De pronto, las contradicciones internas (por ejemplo, de clase, religiosas, políticas, ideológicas en general) se desvanecen, los explotadores de turno se vuelven invisibles, y todo el poder de la maldad permanece afuera, en los que no son iguales a nosotros. El mundo se divide en "ellos" y "nosotros".


Aunque esta visión de que nosotros somos de un modo y los otros son diferentes pueda parecer de algún modo realista, ocurre que nunca aclara que los individuos, los pueblos y los grupos siempre son-en-movimiento. Y ese movimiento no sólo reside en un momento histórico pasado sino también en el devenir. Y no depende de voluntades empecinadas en atesorar tradiciones de los bisabuelos, sino de un contexto objetivo independiente de la voluntad del hombre en muchos casos. ¿Qué pensaría un defensor fogoso de la identidad si se le pide que sea mínimamente congruente y deje de lado su automóvil último modelo (que en el caso de América Latina siempre tiene matrizado extranjero) y recorra a caballo las grandes ciudades actuales porque así lo hacían sus antepasados en un momento dado? ¿Y si se le pide que arroje su videograbadora asiática por la ventana porque no es parte de su ser nacional?


Pero hay otro problema más complicado todavía: ¿cuándo comienza nuestra identidad? ¿cuando se usaban los caballos en lugar de automóviles? ¿cuando ­en el caso de América Latina­ llegaron los conquistadores? ¿o en realidad habría que actuar como algunas tribus caníbales que por ahí existieron? ¿por qué no ubicar el origen de nuestra identidad con la aparición del hombre de Neanderthal? ¿qué impide rastrear un poco más atrás nuestra identidad y concluir que somos paramecios? No faltará el fanático que concluya que nuestra identidad es una molécula de carbono o algo anterior en el desarrollo. Porque ¿dónde se aclara cuál es el comienzo de nuestra identidad?


Además hay otro problema: suponiendo que tenemos en claro en qué momento comienza nuestra identidad ¿siempre es igual nuestra identidad? Así como el pasado es tan importante ¿no define también el futuro lo que vamos a ser? Si el futuro inmediato va a estar poblado de sistemas informáticos y megaciudades, y comer en las calles envueltos en la contaminación del ambiente no es en absoluto aconsejable (independientemente de que nos guste o no): ¿se considerará una traición no vivir en prados verdes con bisontes salvajes o no comer de pie alimentos envueltos en bacterias diversas (que nuestros antepasados ni en sus sueños más locos suponían que existían) o será traición no usar exclusivamente el lenguaje oral porque nuestros antepasados no habían descubierto la escritura? Por otro lado ¿es correcto que utilicemos una escritura alfabética cuando no tenemos nada que ver con los fenicios, o mejor dicho, ellos supuestamente no tienen nada que ver con nuestra identidad?

 


¿No sería válido preguntarse si la identidad o el mismo ser individual o social es algo en continuo movimiento que no tiene un origen muy claro y que además va cambiando continuamente? ¿No sería válido plantearse que no sólo se encuentra en continuo movimiento, sino que la identidad depende de interrelaciones reales e inevitables con lo exterior, con lo que no es como nosotros? ¿No sería válido preguntarse qué somos nosotros, en última instancia? ¿Y es inamovible lo que somos? Si somos irresponsables ante este momento de la complejidad de la historia ¿así tendríamos que continuar porque eso somos? Nuestras respuestas anacrónicas ante esta realidad que el universo entero construye: ¿no habrán sido válidas para otro momento de la historia que ya no existe? ¿Tendremos que mantener nuestras caducas respuestas para no perder nuestra identidad? Un esposo golpeador ¿tendrá que apalear toda la vida a su mujer porque él-es-así?


¿No será la bandera de la identidad una forma más de control para sentirnos puros y bellos (los malos son los otros), el explotador quede donde está (es parte de nuestra tradición) y los caducos dioses de barro protejan la injusticia (para eso fueron inventados)?


¿Servirá la identidad para no afrontar lo que hay que afrontar (funcionando como una especie de útero mítico) y todo se mantenga como está ­ o estuvo - por los siglos de los siglos? Pero ¿no será una ficción pensar que nada cambia a través de los milenios? El pequeño detalle es que, en cada minuto que pasa, algo se trastoca y deja de ser como era. No es que haya perdido su identidad: simplemente ha cambiado.

 

 

M.C. Rubén Rodríguez Rossi
Centro Universitario de Ciencias de la Salud

1 comentario:

  1. Este artículo es una carta al editor que Rossi envió en 1999 a una revista del CUCS. No obstante los 10 años que nos separan, sigue vigente la discusión, ¿no? David. Un saludo a Rossi.

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